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Nuevo proyecto: Faim Magazine

Siempre fui de tener hambre. Y sed. De engullir cada bocado de esta vida loca para poder descubrir el siguiente plato en el menú. De encontrar siempre un hueco para el postre. De querer más.

Y supongo que en algún momento me di cuenta de que, en esta generación, éramos muchos los que seguíamos teniendo hambre.

Así que he decidido hacer caso a mis tripas (al fin y al cabo, ahí es donde se sienten todas las cosas importantes) y meter las manos en otra masa. Una que lleva nombre de revista y que se parece a todo lo que soy. Bienvenidos a FAIM.

¿Qué es FAIM?

FAIM es la revista de una generación ambiciosa y apasionada. Una generación de jóvenes que no se conforma con los caminos preestablecidos y que, gracias a sus nuevas formas de vivir la vida, están cambiando nuestra manera de entender la tradición y la cultura. Y por eso queremos conocerles y que tú también les conozcas. Queremos saber quiénes son, cuáles son sus proyectos, adónde van, qué comen.

FAIM es el reflejo de una generación.

¿Qué podemos encontrar en FAIM?

Ante todo, FAIM es una revista semestral en papel en la que nos dejamos guiar para devorar una ciudad en cada número. De manera que serán esos jóvenes a quienes queremos dar voz los que dirigirán el contenido. Hablaremos de ellos y de su ciudad a través de tres categorías: GENTE-LUGARES-COMIDA.

Y como a mi socio y a mí nos va la marcha, se publicará en dos versiones y tres idiomas: Español, francés e inglés.

¿Y el primer número?

En este proyecto va todo lo que soy, mi alma, mis tripas y mi falta de horas de sueño. Así que el primer número hemos decidido dedicárselo a mi casa: VALENCIA. Toda una carta de amor.

La primera edición en papel se publicará en OCTUBRE 2017, pero antes lanzaremos una campaña de crowdfunding que nos permitirá financiar la impresión y, por tanto, ser financieramente independientes desde el principio.

Te mantendremos informado a través de nuestras redes sociales (estamos en Facebook, Twitter e Instagram). Pero, si a ti el aperitivo también se te queda corto y no quieres perderte nada, también puedes inscribirte en nuestra newsletter 😉

 

** Y tú, ¿tienes hambre?**

Primavera en el canal Saint-Martin

En primavera, París se transforma. Después de los largos meses de invierno, en los que la ciudad está permanentemente cubierta de un manto húmedo y gris, la llegada del buen tiempo provoca una explosión. De luz en las calles, de color en jardines y balcones, de gente en las terrazas y de actividades al aire libre por todo París. Y si hay un lugar en el que disfrutar de un buen día de primavera, ese es el canal Saint-Martin.

Porque que el canal es uno de mis lugares favoritos de París ya no es ningún secreto para nadie. Pero tiene su puesto bien merecido, y con la llegada del buen tiempo, más. Así que ponte música, deja el abrigo el casa y pilla las gafas de sol, porque nos vamos de paseo.

Estos son los SEIS MOTIVOS por los que el canal Saint-Martin es uno de los mejores lugares de la ciudad para disfrutar de la llegada de la primavera:

1. Jardin Villemin

Si llegamos al canal desde Gare de l’Est, nos toparemos con en Jardin Villemin. Con todos sus árboles y arbustos en flor, recovecos a la sombra para echarse una siesta, gente tirada sobre el césped que disfruta del sol y, con frecuencia, músicos tocando en el cenador. Es el lugar ideal para un picnic improvisado a mediodía.

2. Algo fresquito

Si vamos a empezar la temporada de helados y batidos, más nos vale hacerlo bien. Te propongo que te acerques a la rue des Vinaigriers y pilles un riquísimo café o té helado en Café Craft o, justo enfrente, un helado en Baci Bisou. Tómatelo mientras sigues paseando.

Otra opción son las múltiples terrazas en las que disfrutar de una cerveza, una copa de vino o un cóctel. Chez Prune tiene bebidas a precios razonables y unas vistas envidiables, y su look de “bar cualquiera” forma parte de su encanto. La mejor prueba es que, en esta época del año, su terraza siempre está llena.

3. Algo dulce

¿Necesitas algo dulce para acompañar el café? Estás de suerte. Un poco más abajo en la rue des Vinaigriers se encuentra la boulangerie Liberté, que reconocerás por sus grandes ventanales a la calle y su decoración en mármol blanco. Aunque si lo que te apetece es un clásico, tu lugar es Du Pain et Des Idées (su escargot au pistache es uno de sus best sellers). Al otro lado del canal, si tienes suerte de encontrar mesa, podrás disfrutar de un café y de los riquísimos pasteles de Ten Belles. Pero si, como de costumbre, está lleno, que no cunda el pánico: Justo a dos pasos tienes la menos conocida DonAntónia, una pastelería portuguesa en la que se te hace la boca agua antes de entrar.

4. Picnic al borde del canal

El más clásico entre los clásicos. Si has estado paseando por sus calles, te habrás topado con varias épiceries y panaderías. No lo dudes más: Entra, compra un par de buenos quesos, algo para picar, una botella de vino y un buen pan. Siéntate al borde del agua y disfruta de tu picnic, igual que hacen los muchísimos parisinos que en esta época del año hacen vida junto al canal.

5. Come bien

La opción para llevar de los restaurantes de la zona es otro estupendo plan para un picnic, aunque siempre puedes sentarte y disfrutar de que te sirvan una buena comida. Mi favorito es y será Épicerie Musicale (ya he hablado de ellos en cien ocasiones), pero no hay que perderse el take away coreano de Jules et Shim, las croques revisitadas de Fric-Frac o la cocina mediterránea vegetariana de Ima. Apunte: Se comenta que el novísimo Nous Valmy también apunta maneras.

6. Encuentra lo que andabas buscando

En los últimos años han ido abriendo decenas de pequeñas tiendas en los alrededores del canal. Pop-up stores con productos de diseñadores locales, boutiques de moda o de joyería, librerías, papelerías, jugueterías… Aunque si tienes que elegir, no puedes perderte Artazart, nombrada como una de las mejores librerías de diseño del mundo y sin duda una de mis favoritas, o La Trésorerie, una preciosa tienda de decoración de estilo nórdico que, además, tiene dentro una cafetería.

3B: El bar de las almas torturadas

Además de ser periodista, escribo cuentos desde que me alcanza la memoria. Aquí podrás ver algunos ejemplos de mis historias inspiradas en el día a día, aunque cualquier parecido con la realidad sea pura coincidencia.

Le habían hablado de aquel lugar. Una calle mal iluminada en los suburbios, unas escaleras estrechas y húmedas y una puerta sin nombre que daba acceso a un bar de mala muerte. Un antro en un semisótano, sin ventanas. Podría haber tenido clientes habituales y ellos podrían haber contado que aquel antro se llamaba 3B, aunque no estuviera escrito en ninguna parte. Pero ese no era el caso. Nadie allí habría vuelto sobre sus pasos si hubiera tenido la oportunidad.

Lo que a ojos inexpertos habría parecido un antro cualquiera, era en realidad un pasaporte a un viaje sin retorno. El 3B ofrecía a las almas torturadas el alivio que tanto anhelaban. Al más alto de los precios.

Podía oírse en los susurros de los vagabundos junto al fuego al final de una callejuela; en los balbuceos de algún borracho tras alguna barra en algún bar a punto de cerrar; en el llanto de aquella vieja dama a la que tacharon de demente. Algo extraño pasaba en el 3B. Burdos rumores, dirían algunos. Y no estarían equivocados, pues los únicos capaces de confirmar que aquel no era un bar común se habían perdido para siempre.

Perdidos en una bruma de recuerdos borrados, de penas que arrancan llantos desconsolados, de dolores que desgarran el alma y perturban la mente. Perdidos entre relojes cuyas manecillas han empezado a girar en sentido contrario. Aquello era precisamente lo que ofrecía el 3B a sus clientes devastados: El poder de retroceder, de recuperar con cada segundo a quienes fueron una vez, de diluir su dolor en el tiempo que pasa. Un tiempo que, para estas almas torturadas, nunca pasa realmente. Ya no. Para ellos, la vida empieza a rebobinar.

Aunque no hasta un momento en concreto, no. El 3B no es una máquina del tiempo. Pero, según cuentan los rumores, permite a sus clientes dejar de envejecer; les da la oportunidad de volver atrás, lentamente, como un bálsamo aplicado sobre una herida.

El primer trago a la primera copa en el 3B firma una sentencia. El tiempo de un alma atormentada se detiene para volverla cada vez más joven, para que aquel dolor que les taladra el pecho y les araña las entrañas se pierda poco a poco en su juventud recuperada. Pero viene con letra pequeña: No hay cláusula de cancelación. La sentencia es irrevocable.

Y si pudiésemos preguntar al barman que sirve esa primera copa, o a quienes cruzan aquella puerta buscando consuelo, a qué sabe un trago en el 3B, probablemente la respuesta sería clara. Sabe al alivio que sólo habría proporcionado saltar de aquella repisa si hubieran tenido agallas. Sabe a suciedad, a dolor masticado. Sabe a whisky barato. Pero en realidad, poco importa. Mañana lo habrán olvidado. Junto con todo lo demás.

 

 

 

El poder de sentirse agradecida

Tengo la impresión de que últimamente he estado leyendo mucho sobre la gratitud. Como esas épocas en las que encuentras una palabra extraña o un tema recurrente por todas partes. Aunque quizás sólo sea porque, en ese momento, estamos más receptivos. Y yo, para dar gracias, ahora estoy receptiva que da gusto.

Si me sigues en redes sociales, quizás hayas podido intuir que estos últimos meses han sido intensos, especialmente desde el inicio de 2017. Mi ritmo de actividad se ha multiplicado y ha vuelto a lo que son los “niveles normales” para mí, con los que realmente me siento cómoda. También han sido meses de muchos (de verdad, muchos) momentos bonitos. Y no puedo hacer más que dar las gracias.

Regalo de despedida de mi amigo Stefano, del día que me hizo las fotos para la nueva web

Mi amiga Irene, polifacética y curranta donde las haya, hablaba estos días de recoger lo que siembras. Y yo, por fin, empiezo a sentirme identificada. Y no porque mi cosecha sea enorme, aún no lo es, pero hoy creo que consiste más en cambiar de mirada. No es que antes no hubiera frutos, sino que éramos tan exigentes con nosotros mismos, con el trabajo que hacíamos y los resultados que esperábamos obtener, que sencillamente no éramos capaces de ver nuestros pequeños tallos verdes. Así que, para empezar, deja de castigarte.

Es verdad que es mucho más fácil decirlo que hacerlo. Yo he necesitado una buena dosis de resultados positivos para ser capaz de abrir los ojos y mirar atrás con perspectiva. Y qué sorpresa me he llevado al darme cuenta de que, en conjunto, echo la vista atrás hacia estos dos meses (¿quizás un año y medio?) y no puedo hacer más que sonreír. ¿Y no es esa una sensación genial? Y por eso quiero compartirla contigo.

Quiero que mires a tu presente a la cara y le des las gracias por la cantidad de cosas estupendas que te pasan todos los días. Porque los resultados son inmediatos e increíblemente eficaces.

Pon en una lista las cosas que te han pasado y han sumado felicidad a tu vida. No tengas prisa, párate a pensar, todo vale. Según la época (todos pasamos por altibajos) será más o menos larga, pero te prometo que habrá una lista. Y cuando la mires detenidamente, estoy segura de que te sentirás afortunada, sí. Pero, si te pasa como a mí, sobretodo te sentirás agradecida. Y eso, amiga, te da un poder parecido al de sentirse valiente.

Para mí, el reconocer que lo que siento no es ni más ni menos que gratitud, ha provocado una reacción mucho más intensa (y mucho más útil a nivel personal) que el simple hecho de dar las gracias por lo que poco a poco voy consiguiendo. Sentirme agradecida me hace querer más. Hacer más, luchar más, arriesgar más. ¿Para qué, si no, serviría todo lo que he conseguido hasta ahora?

Es la gratitud, y no el Redbull, lo que me está dando alas. Y contigo puede hacer lo mismo. Úsalo.

Pero, además, sentirte agradecida provoca un efecto colateral: Te obliga a darte cuenta de que, si das las gracias por un objetivo conseguido, reconoces también que hiciste un esfuerzo previo. Que lo deseaste y trabajaste para ello. Aceptas que te lo mereces.

Y entonces respiras hondo y te recompones, sueltas peso. Y miras adelante. Y sonríes más.

La vida es para eso.

Mis 36 horas en Bruselas

Salir de París un fin de semana y que sea para pasarlo en Bruselas, sienta bien. Haber estado ya en la ciudad y que, en esta ocasión, el objetivo principal sea visitar a amigos y pasear sin prisa, aún más. Decidir todo lo anterior durante la tarde del viernes, casi insuperable.

Dadas las prisas y el precio desorbitado de los trenes, optamos (como ya hemos hecho más de una vez) por compartir coche con Blablacar. Es un trayecto corto y realmente la diferencia de precio merece la pena. Salimos a las 8 de la mañana de París y en menos de tres horas ya estábamos en Bruselas.

El punto de destino, y también el de partida al día siguiente, era la Gare du Midi, que por conexión y por ubicación es ideal. Así que nos tomamos un café (tan necesario cuando te has levantado y tu reloj aún no marcaba las 6 de la mañana) y ya estábamos listos para afrontar el fin de semana.

SÁBADO

Primera parada: Flagey

No te voy a engañar. La mañana empezó con el estrepitoso fracaso de un “mercado gastronómico” que yo no podía dejar de visitar y que resultó ser más bien un grupete de unos seis o siete puestos en una carpita minúscula (en la que olía de muerte a comida jamaicana, eso sí), y que además nos costó una hora de metro entre la ida y la vuelta a lo que debía de ser el fin del mundo.

Pero nos recuperamos rápido para dirigirnos hacia el popular barrio de Flagey, al sudeste de la ciudad. Era sábado y había mercado en la plaza. Puestos de comida preparada, frutería, carnicería, quesería, colores brillantes, señoras con carrito, familias tomando el aperitivo, solazo. Un espectáculo.

Comimos en el conocidísimo Café Belga, situado en la misma plaza. Es un restaurante-cafetería donde el tufillo a anticuado es parte de su encanto. Aunque los grandes protagonistas son su gran terraza y sus enormes ventanales que permiten ver toda la plaza. Tienen varias opciones de platos muy sencillos (sándwiches y bocadillos, sopas, ensaladas o pastas) a precios muy asequibles. Entre los clientes se mezclan familias con niños, gente que trabaja con su ordenador, señores mayores leyendo el periódico o grupos de amigos tomando una cerveza. De lo más variopinto.

Café en rue Haute

Desde Flagey, me dirigí en dirección al centro. Paso obligado por el mirador junto al Palais de Justice (permanentemente en obras desde antes de mi primera visita en 2012), desde el que disfrutar de una vista preciosa de la ciudad, con el Sacré Coeur y el Atomium al fondo.

La tarde la dediqué a abrazar (por fin) a mi querida Diana y a dejarme guiar por ella entre las tiendas más bonitas de la rue Haute. Para acabar bien el paseo, recomiendo un chai latte y el cheesecake de speculoos más alucinante que he probado, en L’atelier un ville. Es una gran cafetería, de estilo modernete, en la que tienen un apartado de boutique y donde, además, todos los muebles están a la venta.

Cerveza belga en Matonge

De vuelta hacia el sur, esta vez al barrio de Matonge, para encontrar a otro grupo de amigos en un bar, el Contrebande. Un lugar simple, pero muy agradable, con muros de ladrillo y muebles de hierro forjado y madera. Ofrecen una gran variedad de cervezas belgas (como no podría ser de otra forma), además de vinos y tapas. Pero ojo, porque si es noche de concierto sólo servirán bebidas.

Para nuestra única noche en la ciudad volvimos a optar por Airbnb. Y aunque el apartamento que escogimos estaba bien situado, cerca de la Gare du Midi, no te dejo la dirección porque creo que fácilmente podrás encontrar algo mejor (rarete y un pelín caro).

DOMINGO

Parecen trastos, pero son joyas

Salimos en dirección a la Place du Jeu de Balle porque nos han hablado de un mercado de antigüedades que no hay que perderse. Y qué razón tenían. Para empear, desayunamos en Pin Pon, una antigua estación de bomberos reconstruida con mucho arte como restaurante y cafetería. Y directos a la caza del tesoro.

La plaza es puro bullicio y se puede encontrar prácticamente de todo si se está atento. No puedo recomendar otra cosa que no sea perderse sin prisa entre las callejuelas. En nuestro caso, alguno salió de allí con algo más que una sonrisa.

De camino al centro, nos encontramos por casualidad con un mercado al que quiero volver pronto: el Marché Bio des Tanneurs, un gran supermercado de productos bio, en el que no sólo venden frutas y verduras, sino también legumbres o aceite a granel, zumos embotellados, vinos, cervezas, y hasta bollos y pan. Y mi dato favorito: No cabía un alfiler. Bravo, Bruselas.

Ruta para comer con sorpresa

Y otra vez de imprevisto (qué bonito es poder pasear sin rumbo fijo) nos encontramos con el anticuario más surrealista que he tenido la suerte de pisar: Stef Antiek, en la Place de la Chapelle. La fachada, llena de objetos colgados sin ton ni son, es el perfecto escaparate de lo que encontraremos dentro. Muebles y objetos antiguos entre los que hay que deslizarse para poder seguir avanzando, bicicletas, baldosas hidráulicas, polvo suspendido entre los rayos de sol que se cuelan por las ventanucas, taburetes y algún mueble más reciente.

Bordeamos l’Église Notre-Dame de la Chapelle para colarnos por una callejuela con pendiente. En la rue de Rollebeek abrimos el apetito con sus pintorescas tiendas especializadas de chocolates, mueslis y frutos secos a granel o palomitas de lujo (así, tal cual). Y para acertar a la hora de la comida, el Tod’s Café es una puesta segura.

Acabar con un dulce

Dimos un rodeo para ver la Place Royale y bajar por el Jardin du Mont des Arts. Y para acabar nuestra ruta, llegamos hasta el centro para echarle un vistazo rápido al Manneken Pis, pasar sin hacer fotos por la siempre impresionante Grand Place y sentarnos al sol a disfrutar de unos Merveilleux de Fred (unos delicados merengues cubiertos de virutas de chocolate) en las escaleras de la Bourse. Aunque yo, personalmente, me quedo con los gofres.

Nos tomamos otro café y bajamos la merienda caminando de nuevo hasta Gare du Midi. Hasta pronto Bruselas. Nos gustas.

Las 10 cosas que aprendí viviendo en 16 metros cuadrados

No me cansaré de repetir que encontrar piso en París fue mi peor pesadilla es uno de los mayores retos a los que me he enfrentado. Cinco meses, tres cambios de apartamento y un mes durmiendo en sofás de amigos. Ese es el balance del tiempo que tardé en encontrar mi pequeño estudio, de 16 metros cuadrados, en un sexto piso sin ascensor, en un barrio popular y a un precio razonable.

Un único espacio con un sofá-cama, un par de armarios y una mesa extensible; una cocina con una mini-nevera, fregadero y dos placas eléctricas; un baño completo. Eso es todo.

No, no lo es.

Para los que venimos de casi cualquier otra parte del mundo (aunque me consta que en Londres o Nueva York también apuntan maneras), el tamaño de los apartamentos en París es casi surrealista. Si me preguntas, te diré que se parece a vivir en una habitación de hotel, o incluso en una caravana. Pero, al final, uno puede adaptarse a casi todo. Y un año después de estar viviendo en mi estudio, esto es lo que he aprendido:

1. Los demás no tendrán el mismo concepto de “pequeño” que tú. Poco importa si hablas con tu amiga la que acaba de alquilar un piso en tu ciudad o si buscas inspiración en Pinterest para la decoración de espacios reducidos. El “pequeño” del que hablan los demás a ti suelen parecerte palacios. Los parisinos han reinventado este concepto y la gente como yo lo hemos aprendido de primera mano.

Así te sientes en París.

2. Nada es imprescindible. Fundamental. Cuando tienes que meter todas tus pertenencias en un apartamento de dimensiones tan reducidas y que siga quedando espacio para ti, aprendes que no hay prácticamente nada de lo que no puedas prescindir llegado el momento. Cuadros, libros, zapatos, ropa… Nada se salva. También impide que acabes comprando más objetos innecesarios, sencillamente porque no caben. Lo mejor es que es mucho más fácil de lo que parece y, a largo plazo, aprender a discernir lo que es realmente importante de lo que no lo es tanto resulta increíblemente valioso.

3. El orden es la clave. Puede parecer una obviedad, pero si en cualquier otra situación ser ordenado es una virtud, en 16 metros cuadrados es VITAL para no acabar viviendo entre trastos y sin espacio para moverse con normalidad. ¿Te imaginas tener que saltar una pila de ropa para llegar a tu cama? No es agradable. Lo bueno es que, de nuevo, en poco tiempo adquieres hábitos de organización que te acompañarán siempre.

A nadie le gusta el desorden.

4. La importancia de hacerlo tuyo. Es cierto que 16 metros cuadrados no dan para mucho, pero es increíblemente fácil convertirlo en un lugar en el que querer estar. Detalles tan pequeños como la luz que se cuela entre las cortinas, un par de postales, tus libros en una estantería o una planta bonita pueden sacarte una sonrisa cada día y marcar toda la diferencia.

Estoy perfectamente.

5. Siempre habrá algo que te desquicie. Por muy bonito que lo hayas decorado y por muy a gusto que estés, siempre habrá algo que necesites y no tengas porque no tienes espacio (una mesa de escritorio en la que trabajar dignamente); algo que tienes, pero es demasiado pequeño (un mini-horno en el que sólo puedes conocinar mini-platos); o algo que no necesitas realmente, pero cuánto te gustaría tener (cacharros de cocina, os echo de menos). Y eso te cabrea.

6. La limpieza da mucha menos pereza cuando acabas en 15 minutos. Porque no todo iban a ser sacrificios, vivir en un espacio pequeño también tiene ventajas. Y el hecho de que no tardes prácticamente nada en limpiar todo el apartamento es, sin duda, una de ellas. Además, yo tuve la suerte de encontrar un estudio renovado y en colores claros, a rebosar de luz natural.

… así, así.

7. En poco espacio cabe mucha vida. No hay que permitir que la falta de espacio nos eche atrás. Invitar a amigos a cenar o que las visitas se queden contigo durante su fin de semana en París es tan sencillo como queramos hacerlo. En mi saloncito hemos llegado a cenar hasta 7 personas y ya son 4 las visitas que han pasado conmigo unos días. En la mayoría de casos, basta con tomarse las dificultades con un poco de humor.

8. Para uno, vale; para más, no tanto. Aunque es cierto que podemos aprender a vivir con poco y adaptarnos rápido a ocupar un espacio reducido, cuando se trata de compartirlo, la cosa se complica. Un único armario, una cocina minúscula o un baño en el que prácticamente hay que pasar por encima del inodoro para acceder a la ducha, se convierten en todo un reto cuando sois dos. De nuevo, el humor en esta situación te puede salvar la vida (y la relación).

Se parece a esto.

9. Después de esto, puedes vivir en casi cualquier parte. Tras haber vivido en tu mini-estudio, en un sexto piso sin ascensor, las ventajas de cualquier otro apartamento se verán magnificadas. Aspectos en los que antes ni te habrías fijado adquieren ahora una importancia especial. ¿Un horno y una nevera de tamaño normal? Un sueño. ¿Una cama Y un sofá? Que me los envuelvan para regalo. ¿¡PUERTAS!? Me lo quedo.

10. No es para siempre. Aunque aprendas a hacerlo tuyo, aunque aprendas a mantenerlo ordenado y aunque aprendas a vivir con lo imprescindible, tarde o temprano empiezas a echar cosas de menos. En mi caso lo que me falta es, sobre todo, el tener espacios diferenciados que me permitan desconectar cuando no estoy trabajando. Mi estudio fue genial para el año que pasé conociéndome, dedicándome a mí misma, pero se me ha empezado a quedar pequeño. Mis sueños y yo ya no cabemos aquí dentro.

El día en que te mudas.