Salir de París un fin de semana y que sea para pasarlo en Bruselas, sienta bien. Haber estado ya en la ciudad y que, en esta ocasión, el objetivo principal sea visitar a amigos y pasear sin prisa, aún más. Decidir todo lo anterior durante la tarde del viernes, casi insuperable.

Dadas las prisas y el precio desorbitado de los trenes, optamos (como ya hemos hecho más de una vez) por compartir coche con Blablacar. Es un trayecto corto y realmente la diferencia de precio merece la pena. Salimos a las 8 de la mañana de París y en menos de tres horas ya estábamos en Bruselas.

El punto de destino, y también el de partida al día siguiente, era la Gare du Midi, que por conexión y por ubicación es ideal. Así que nos tomamos un café (tan necesario cuando te has levantado y tu reloj aún no marcaba las 6 de la mañana) y ya estábamos listos para afrontar el fin de semana.

SÁBADO

Primera parada: Flagey

No te voy a engañar. La mañana empezó con el estrepitoso fracaso de un “mercado gastronómico” que yo no podía dejar de visitar y que resultó ser más bien un grupete de unos seis o siete puestos en una carpita minúscula (en la que olía de muerte a comida jamaicana, eso sí), y que además nos costó una hora de metro entre la ida y la vuelta a lo que debía de ser el fin del mundo.

Pero nos recuperamos rápido para dirigirnos hacia el popular barrio de Flagey, al sudeste de la ciudad. Era sábado y había mercado en la plaza. Puestos de comida preparada, frutería, carnicería, quesería, colores brillantes, señoras con carrito, familias tomando el aperitivo, solazo. Un espectáculo.

Comimos en el conocidísimo Café Belga, situado en la misma plaza. Es un restaurante-cafetería donde el tufillo a anticuado es parte de su encanto. Aunque los grandes protagonistas son su gran terraza y sus enormes ventanales que permiten ver toda la plaza. Tienen varias opciones de platos muy sencillos (sándwiches y bocadillos, sopas, ensaladas o pastas) a precios muy asequibles. Entre los clientes se mezclan familias con niños, gente que trabaja con su ordenador, señores mayores leyendo el periódico o grupos de amigos tomando una cerveza. De lo más variopinto.

Café en rue Haute

Desde Flagey, me dirigí en dirección al centro. Paso obligado por el mirador junto al Palais de Justice (permanentemente en obras desde antes de mi primera visita en 2012), desde el que disfrutar de una vista preciosa de la ciudad, con el Sacré Coeur y el Atomium al fondo.

La tarde la dediqué a abrazar (por fin) a mi querida Diana y a dejarme guiar por ella entre las tiendas más bonitas de la rue Haute. Para acabar bien el paseo, recomiendo un chai latte y el cheesecake de speculoos más alucinante que he probado, en L’atelier un ville. Es una gran cafetería, de estilo modernete, en la que tienen un apartado de boutique y donde, además, todos los muebles están a la venta.

Cerveza belga en Matonge

De vuelta hacia el sur, esta vez al barrio de Matonge, para encontrar a otro grupo de amigos en un bar, el Contrebande. Un lugar simple, pero muy agradable, con muros de ladrillo y muebles de hierro forjado y madera. Ofrecen una gran variedad de cervezas belgas (como no podría ser de otra forma), además de vinos y tapas. Pero ojo, porque si es noche de concierto sólo servirán bebidas.

Para nuestra única noche en la ciudad volvimos a optar por Airbnb. Y aunque el apartamento que escogimos estaba bien situado, cerca de la Gare du Midi, no te dejo la dirección porque creo que fácilmente podrás encontrar algo mejor (rarete y un pelín caro).

DOMINGO

Parecen trastos, pero son joyas

Salimos en dirección a la Place du Jeu de Balle porque nos han hablado de un mercado de antigüedades que no hay que perderse. Y qué razón tenían. Para empear, desayunamos en Pin Pon, una antigua estación de bomberos reconstruida con mucho arte como restaurante y cafetería. Y directos a la caza del tesoro.

La plaza es puro bullicio y se puede encontrar prácticamente de todo si se está atento. No puedo recomendar otra cosa que no sea perderse sin prisa entre las callejuelas. En nuestro caso, alguno salió de allí con algo más que una sonrisa.

De camino al centro, nos encontramos por casualidad con un mercado al que quiero volver pronto: el Marché Bio des Tanneurs, un gran supermercado de productos bio, en el que no sólo venden frutas y verduras, sino también legumbres o aceite a granel, zumos embotellados, vinos, cervezas, y hasta bollos y pan. Y mi dato favorito: No cabía un alfiler. Bravo, Bruselas.

Ruta para comer con sorpresa

Y otra vez de imprevisto (qué bonito es poder pasear sin rumbo fijo) nos encontramos con el anticuario más surrealista que he tenido la suerte de pisar: Stef Antiek, en la Place de la Chapelle. La fachada, llena de objetos colgados sin ton ni son, es el perfecto escaparate de lo que encontraremos dentro. Muebles y objetos antiguos entre los que hay que deslizarse para poder seguir avanzando, bicicletas, baldosas hidráulicas, polvo suspendido entre los rayos de sol que se cuelan por las ventanucas, taburetes y algún mueble más reciente.

Bordeamos l’Église Notre-Dame de la Chapelle para colarnos por una callejuela con pendiente. En la rue de Rollebeek abrimos el apetito con sus pintorescas tiendas especializadas de chocolates, mueslis y frutos secos a granel o palomitas de lujo (así, tal cual). Y para acertar a la hora de la comida, el Tod’s Café es una puesta segura.

Acabar con un dulce

Dimos un rodeo para ver la Place Royale y bajar por el Jardin du Mont des Arts. Y para acabar nuestra ruta, llegamos hasta el centro para echarle un vistazo rápido al Manneken Pis, pasar sin hacer fotos por la siempre impresionante Grand Place y sentarnos al sol a disfrutar de unos Merveilleux de Fred (unos delicados merengues cubiertos de virutas de chocolate) en las escaleras de la Bourse. Aunque yo, personalmente, me quedo con los gofres.

Nos tomamos otro café y bajamos la merienda caminando de nuevo hasta Gare du Midi. Hasta pronto Bruselas. Nos gustas.

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